Diversión en otros tiempos
Parajes de entretenimiento en el Puerto Cabello de antier
Nayarit Frontado López.-
El disfrute y sano compartir vivieron amenos ratos en la denominada "ciudad cordial" de Venezuela hace más de 40 años, cuando los clubes, cines, restaurantes, fuentes de soda paseos por sitios naturales y actividades deportivas eran una excelente opción para el entretenimiento familiar y entre amigos.
Una admirable característica de aquellos días, según testimonios de quienes comparten sus recuerdos en esta oportunidad, era el ambiente que se percibía: de respeto, camaradería y atención entre el colectivo que coincidía en estos sitios de esparcimiento, muchos de ellos no sólo destinados a los acaudalados de la época sino también a los menos resueltos económicamente.
Este viaje por conocidos parajes del entretenimiento en el Puerto Cabello de antier lo iniciaremos haciendo una parada en el famoso Club Los Rivales, donde doña Anna Pardo de Jiménez vivió muy gratos momentos entre bailes y fiestas en compañía de su padre, don Carlos Pardo, uno de los miembros fundadores del lugar, así como con dos de sus nueve hermanos y amigas de ese entonces.
“Era un salón grande con una terraza donde estaba la pista de baile y en otra área ubicaban las mesas y sillas. El club fue fundado en 1922 y estaba en Rancho Grande, donde ahora está el CUAM, y según nos contaron una vez su nombre se debía a que sus principales socios estaban enamorados de la misma muchacha, por eso eran rivales. Mi padre fue miembro fundador y teníamos la dicha de poder asistir a los bailes y actividades que se organizaban, porque el acceso era permitido sólo con un socio del lugar”, comentó doña Anna, quien actualmente reside en la Urbanización Las Llaves.
Con singular claridad, a sus 75 años, recuerda entre las festividades celebradas el Carnaval, aniversario del club en el mes de abril, la Cruz de Mayo y Navidad. Además, detalló que los bailes generalmente empezaban a las 10:00 de la noche: “Nosotros nos íbamos caminando con papá desde la casa porque vivíamos cerca y todo era sano. Al llegar al club revisaban una lista de invitados para confirmar si tenías acceso al local. Teníamos también unas libreticas donde apuntábamos con quiénes bailaríamos cada pieza de un set”, refirió.
Cada set duraba entre 40 y 45 minutos y tenía Paso Doble, Bolero, Balada y Meregue o Guaracha. Eran cuatro o cinco sets en una fiesta, contó la señora Pardo. “Había un espacio entre cada set y era cuando la gente aprovechaba de conversar, comer y tomar”, acotó.
De manera especial también mencionó el “Baile Azul” organizado en el club por el señor Jaime Bracho, al que los asistentes acudieron vestidos del referido color en elegantes tonos y estilos. Adicionalmente, rememoró las presentaciones de Billos Caracas Boy, Los Melódicos y Pedro J. Belisario en tan emotivas fiestas.
“Cada vez que habían estos eventos quienes no podían entrar observaban desde afuera y era lo que se conocía como 'la barra', muchas personas se reunían a las afueras del club y ninguno se coleaba ni brincaba la cerca”, añadió.
Doña Anna además indicó que “en el club todos los martes pasaban películas buenísimas en pantalla grande y también tenía un bar para socios, sus familiares y amigos. Eran otros tiempos, uno se divertía sanamente”.
La pantalla grande
Nuestra próxima parada será entre algunos de los cines que existían en la ciudad, cuyas edificaciones y estructuras aún se mantienen en algunos casos. Cine Salom, ubicado por el colegio Grupo Honduras, un local sin techo, al aire libre. Cine Tropical que estaba situado al lado del Club Los Rivales, este tampoco era techado, en su cartelera predominaban las películas “amorosas” del cine mexicano. Otra opción era el Cine Capri, cuya sede se encontraba en Rancho Grande, cerca de la Mansión del Pan, era cerrado y uno de los más opulentos de la ápoca con funciones vespertinas de 5:00 a 7:00 de la noche y matinés dominicales.
También figuraba el Cine Rialto situado en la calle Valencia, Cine Metropol en el Pasaje Plaza. En el caso de los cines Capri y Rialto la pantalla era “mascope”, una especie de 3D de acuerdo con algunos testimonios.
Un dato curioso es que en algunos de estos cines las golosinas que se consumían eran dulcitos caseros como tentalarias, bocadillos de guayaba, besitos de coco, templón, conservas de ajonjolí, dulces de leche y hasta huevos sancochados, según nos comentan algunos consultados al respecto.
Por su parte, el cronista de la ciudad, Asdrúbal González, aclaró que aun cuando estos sitios forman parte de los buenos recuerdos de muchos porteños no todos existieron en la misma época, por lo que refirió al ser entrevistado sobre el tema que los cines más “recientes” entre los mencionados fueron el Tropical y Metropol. “Del resto estamos hablando de hace 50 ó 60 años atrás”, aseguró.
Del mismo modo, recordó que cada cine estaba orientado a un grupo de personas en particular dependiendo básicamente de su economía y sus preferencias en el género cinematográfico. Así agregó algunas anécdotas relacionadas con esta época dorada del sano esparcimiento en Puerto Cabello.
“Frente al Cine Salom, con un real, comprabas arepas rellenas hechas por mujeres holandesas llamadas 'madamas' y la entrada al lugar valía 0.50 Bs. El teatro Municipal en algún tiempo también se convirtió en cine, allí se transmitían musicales de Jorge Negrete y Pedro Infante. Hace alrededor de 40 años hubo un autocine en Quizandal pero fue sólo por un período corto”, manifestó González.
Otras atractivas opciones
Por otro lado, el cronista citó algunos sitios también de interés y bastante visitados de hace 40 y 50 años atrás como el Club de Tenis ubicado en el cruce de la calle Municipio con Democracia, el Estadio Independencia que avivó la afición por el béisbol en Puerto Cabello y se convirtió en un punto de encuentro para la práctica y el disfrute de este deporte, igualmente mencionó una popular fuente de soda y cervecería situada en el Edif. Pizzolante, por la plaza Concordia.
“El famoso Vesubio, también fuente de soda y restaurante, la Arepera Pomponio ubicada en la esquina de la plaza Barquisimeto, el Hotel Los Baños donde el primer almuerzo de quienes desembarcaban en el muelle era gratis, el Club Nubarrón que se encontraba al final de la calle Democracia, también el recordado y aún más reciente Ferrobar”, agregó el cronista.
Última estación
Con un esquema mental envidiable y lleno de agradables momentos, el doctor Miguel Flores hizo nuevamente gala de su afecto por la porteñidad y los “viejos tiempos”. Sobre el tema del entretenimiento otrora aseguró que “muchos jóvenes a falta de tener un televisor en casa y teniendo una mentalidad bastante diferente al joven de hoy, se divertían yendo con compañeros o familiares a los pocitos de San Esteban pueblo, al Puente Los Españoles, a Borburata… Eran paseos de contacto con la naturaleza y pasaba uno toda la tarde allí, bañándose, conversando y comiendo. Muchos acostumbrábamos ir a pie, incluso”.
Asimismo, recordó que algunos colegios con cierta frecuencia hacían estas pequeñas excursiones con los estudiantes y como anécdota de aquellas visitas mencionó los para entonces famosos dulces de “cambur pasao” que se hacían y vendían en Borburata.
“Las playas también eran lugares de encuentro, los porteños íbamos mucho a nuestras playas. Quizandal, Gañango, Patanemo, Playa Blanca eran las más concurridas y hace mucho tiempo más atrás se iba también al puerto de Borburata que hoy en día ya no existe”, refirió.
Hablar de los sitios de encuentro en aquellos tiempos y no aludir la Plaza Flores es un pecado para el doctor Flores, quien confirmó que allí ciertamente como sugiere la canción del queridísimo Ítalo Pizzolante se dieron muchos amores: “Esta plaza es un ícono en Puerto Cabello, todas las tardes era un sitio de reunión de muchas familias y amigos porteños, se iba a pasear, a conversar, había cerca una refresquería y allí se compraban bebidas para acompañar las pláticas. Era sin duda muy concurrida y grandes matrimonios iniciaron en esa plaza, como dice el tema de Ítalo, allí quién no tuvo amores”, contó con cierta picardía.
Entre los clubes de la época, el doctor Miguel Flores, destacó el famosísimo Club El Recreo, fundado –de acuerdo a su memoria- un 16 de agosto de 1852, mucho antes que el también popular Club Los Rivales.
“El Club El Recreo estaba en la calle Bolívar del Malecón, rodeado por hermosas casas de distinguidas familias porteñas, es uno de los clubes más antiguos del país. Allí se presentaron Billos, Los Melódicos y muchísimas otras orquestas de la época, incluso recibió la visita de importantes personalidades políticas como Cipriano Castro, quien visitó el club y se hizo socio durante su presidencia, también estuvieron Andrés Eloy Blanco y Jóvito Villalba”, acotó.
De igual manera, añadió que en ese mismo lugar hace 40 años operaba un grupo de jóvenes que se hacían llamar miembros del Club La Copa, encargados de organizar y celebrar fiestas, bailes, presentaciones y otros eventos que atraían al colectivo en búsqueda de entretenimiento.
Finalmente, manifestó que “tratándose de deporte, en Puerto Cabello hubo un auge hace mucho tiempo también en disciplinas como beisbol, ciclismo, atletismo y boxeo. Muchos jóvenes y adultos dedicaban gran parte de su tiempo a estas prácticas. Igualmente, se hacían muchos paseos en bicicleta por la ciudad, era una manera de estar en forma y distraerse al mismo tiempo. Por otro lado, muchas empresas, colegios e instituciones tenían equipos de cualquier disciplina y se hacían muchos campeonatos deportivos que también eran muy divertidos”.
Tras realizar este breve recorrido es interesante imaginar que en estos lugares -y seguramente en algunos otros que acá no se mencionan- así como en la práctica de las actividades referidas surgieron mágicas citas entre enamorados, divertidas salidas de amigos, maravillosas fiestas, bailes y momentos idóneos para el encuentro familiar que quedarán grabadas en la memoria sentimental de este pueblo, con la nostálgica satisfacción con que se evoca un pasado así.
Todo esto sin profundizar en aquellas ocasiones en las que el público encontró alguna vez esparcimiento: ferias, carnavales, fiestas religiosas, actividades culturales, que si bien tenían una corta duración y su frecuencia era una vez al año también significaron atractivas opciones para el disfrute de la porteñidad.
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