A las 3:00 de la tarde ya había abordado el autobús. Verónica regresaba de un lluvioso día de clases. La espesa atmosfera se regaba por toda la ciudad y las gotas de lluvia se enfriaban rápidamente. Llevaba una chaqueta de jean y un paraguas, sus pies sin embargo se entumecieron con el rocío del aire y los charcos que esquivaba con unos calzados semi descubiertos. Compró el pasaje y se montó en el vehículo anegado por el tiempo húmedo. Viajó del instituto hasta La Hacienda, donde tomaría otro transporte para llegar al pueblo. De nuevo sintió un febril escalofrío y sus manos esta vez se entumecieron. Empezaba a teñirse gris el paisaje. Había frío, demasiado, y escuchó que hubo varios estragos en la ciudad.
Al abordar el segundo autobús hacia San Bernardino una sensación de tranquilidad le devolvió el calor al cuerpo, se sentó junto a la ventana y al cabo de unos minutos emprendió la ruta. Canceló el pasaje y avisó con antelación su parada. Un leve adormecimiento la obligó a cerrar el libro que leía, estiró un poco las piernas y bostezó con las manos atajando el aliento. Miró a los lados y echó un último vistazo afuera… Los chorros de agua se hicieron más frecuentes y redondos, las gotas caían como piedras sobre las ventanillas del autobús y el techo de éste.
Otra vez el frío retornaba, ahora acompañado de una espumosa niebla. El chofer empezó a andar despacio y la gente se asomaba a curiosear entre la inhóspita brisa. Murmuraban y advertían al conductor que mantuviese una velocidad prudente en la desdibujada carretera. El hombre cuyos lentes eran inmensos, al igual que sus ojos, por momentos perdía toda visión y sentido de orientación. Unas mujeres que se habían colocado adelante aunque atemorizadas trataban de guiarlo con astuta precaución femenina. Verónica, con una mirada convulsiva, veía cómo el cielo se dejaba caer sobre las montañas invisibles, sobre los árboles impalpables y el resto del paisaje velado.
Los temerosos comentarios despertaron a algunos niños que viajaban dormidos en los asientos traseros, al ver que sus madres los habían abandonado (mientras veían a través de los vidrios) empezaron a llorar desconsoladamente. No había rayos ni relámpagos, sólo una fuerte y escurridiza lluvia que amenazaba con detener los autos. En la vía a penas se observaban las luces de los vehículos, encendidas desde que arreció el aguacero. La neblina pronto cubrió todo y entonces sucedió lo indeseable: el autobús dejó de funcionar. Las mujeres se miraron a las pálidas caras, los pocos hombres a bordo se pararon de sus asientos, debían salir a revisar el motor, la distribución, arreglar la avería con urgencia.
De pronto, una mujer que miraba hacia el pavimento volcó un grito consternado y dijo perpleja <<Señores, nos inundamos>>. El mar de lluvia comenzaba a cubrir el autobús, poco a poco, como una copa que se llena sutilmente de vino. Tenía un color grisáceo y de vez en cuando asomaba escombros y objetos extraños que flotaban resueltamente. Verónica advirtió a los hombres lo peligroso que resultaría abandonar el vehículo, podrían ser arrastrados por la corriente, podría entrar el agua e inundarlos a todos allí dentro. Un tipo grueso y bronceado que vestía un uniforme de la Marina insistió en salir. Los niños aumentaron el llanto, algunas gotas de agua se escurrían por el techo, y ya no se veía nada. <<Yo tengo una linterna, puedo salir con otro de ustedes y verificar qué ocurre. Alguien más sabe nadar>> preguntó. Todos enmudecieron menos los niños que seguían llorando.
Algunas mujeres les dieron golosinas y juguetes, pero el intento fue inútil. <<Ya escuchó que es peligroso>> dijo una anciana que estaba cerca del hombre empecinado. Se echó una enorme chaqueta de cuero encima y encendió la linterna. <<Iré yo solo, no entrará agua porque aún no llega a la puerta>>. Todo lo que se escuchó fue un grito ahogado. Esperaron pero nada más oyeron sino un fuerte estallido contra una de las ventanas que estaban cerradas, todos voltearon y había una mancha verdosa como de restos de vómitos. Se acercaron al vidrio y ágilmente saltó una criatura de filosos colmillos y boca grande. Los ojos le brotaban y la piel que lo recubría era oscura y ahuecada. <<Es un cocodrilo, un cocodrilo, Dios Santo de dónde salió ese animal>>. El autobús empezó a moverse con fuerza de un lado a otro, como si el agua y otras cosas aún desconocidas lo empujaran impulsivamente.
Los gritos reventaron con demencia y otro espécimen saltó contra uno de los vidrios delanteros. Las mujeres se colgaron a los niños en los brazos y los hombres se apresuraron a cerrar las ventanas. Verónica se sentó de golpe, entre el espasmo y la reflexión (alguna explicación tendría todo, alguna manera de salir… Tengo que pensar, tengo que pensar). Las rodillas le temblaban cuando vio uno de estos insólitos animales en su ventana. Logró verle una campanita más allá de la lengua glutinosa y al menos unos veinte dientes calculó en cuestión de segundos. La criatura tenía una mirada hambrienta, se vieron fijamente y sólo después gritó la mujer. El autobús se mecía y el agua aumentaba cada vez un poco más. Otro hombre, con una especie de salvavidas improvisado quiso escapar. <<Tenemos que salir rápidamente o nos comerán, tarde o temprano entrarán y nos comerán>>. El llanto de los niños se unió al de las mujeres. Nadie intentó detenerlo. Era un hombre flaco y palidecido que había observado todo sin moverse del sitio, llevaba un maletín grande de cuyo largos cierres sacó unos atuendos estrafalarios y se los puso. Abrió la puerta con agilidad y se aseguró de cerrarla con rapidez. Tan sólo hubo un eco filtrado de su voz quejumbrosa.
Todas las valijas, morrales, bolsos y maletines sirvieron para asegurar la puerta. El agua crecía y entonces casi alcanzaba las ventanas. Uno de los bichos daba golpes contra el cristal con su larga cola cubierta de escamas, otro se levantó mostrando su enormidad adherida al limpiaparabrisas. Los gritos se confundieron ahora con los ronquidos del diluvio. Las grietas en el techo no dejaban de gotear. Verónica se aproximó desafiante a la ventana que golpeaba el animal, vociferó algunas maldiciones contra éste y pareció surtir efecto. Se detuvo, y entonces se acercó aún más. El vidrio se agrietó y un minúsculo pedazo le abrió una pequeña zanja en la cara. La bestia se había enfurecido. Otra mujer que iba abordo la alejó del lugar. Verónica seguía insultando a las bestias que ahora también estaban sobre el techo del vehículo.
El agua ya comenzaba a entrar por el agujero recién abierto de la ventana. La fuerza de las precipitaciones colaboraba con las bestias hambrientas. La brisa, el agua, los bichos allá afuera, los niños dando gritos, las mujeres llorando, y un hombre que en medio de la confusión había pisado su pie <<Disculpe señorita, disculpe, disculpe, señorita, disculpe, disculpe>>.
Gritó con los ojos bien abiertos y llevó sus manos a la cabeza, entonces miró a un hombre de semblante impaciente que volvió a decirle <<Disculpe señorita, esta es su parada>>. Verónica miró alrededor y algunos ojos la veían compasivos, otras gentes esbozaban una sonrisa burlona que intentaban esconder tras las manos. Hubo quienes todavía viajaban dormidos. Los niños, sobre todo. Abandonó el vehículo avergonzada y confundida al mismo tiempo, con ganas de preguntar si realmente nada había pasado. Olvídalo, pensó de inmediato. Y abordó un taxi hasta su casa. En el trayecto, el chofer preguntó si tenía algún problema. <<Estoy bien, gracias>>. Sacó de su bolso el estuche de maquillaje, se arregló la densa cabellera roja y abrió el polvo compacto. Se encontró con una misteriosa herida fresca en su pómulo izquierdo.
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