Nayarit Frontado López.-
Los cuentos de la vecina, de las amigas de una amiga nuestra, de un total desconocido con quien conversábamos mientras esperábamos el turno de una consulta médica, las noticias del periódico, de la tv, de la radio, el caso que leímos en aquella página de internet y un largo etcétera de referencias que nos llegan de distintas partes sobre los delincuentes disfrazados de taxistas, nos hacen irremediablemente sentir verdadero pánico al abordar un vehículo con un extraño al volante.
Nos dicen y hemos aconsejado cientos de veces escoger un taxi de línea pero cuando el tiempo apremia la prisa levanta nuestra mano y nos vamos con el primero que se asome. Entramos al carro y luego de anunciar nuestro destino empieza el trauma. Aunque hoy en día esto ocurre independientemente de que sea o no un taxi de línea.
Ya a bordo lanzamos una mirada de reconocimiento: puertas con manillas, el seguro es manual, este vidrio baja, qué hay en el asiento delantero, qué tiene en la mano el chofer… ah! es un celular (respiramos profundo), me está mirando mucho, se nota calmado… Me acaba de hablar… ¿Disculpe? – Si me puedo meter por esta calle porque en la otra hay mucha cola – Mmm… (Lo dejamos en “R” por unos segundos que a él le parece una eternidad porque debe girar pronto al atajo) Y esbozamos un “si” con toda la desconfianza que se puede tener en la vida al tomar ciertas decisiones.
Continuamos la inspección con el típico drama que nos ocupa: Por lo menos la calle no está tan sola, voy a saludar a cualquier desconocido que vea por si acaso, allá va una patrulla de la Policía también los voy a saludar, mejor hago como si hablo por teléfono con alguien a quien supuestamente le describo el taxi y hacia donde me dirijo, puede ser un mismo amigo policía… Listo.
Ni hablar si el taxista va a gran velocidad o cae en todos los huecos que se consigue o lleva una música que reproduce historias de perversión de Sodoma y Gomorra (sí, ese reguetón tan vulgar que acabas de recordar). Bien y si ahora es él quien habla por teléfono –y lo hace en decibeles indescifrables- la alarma de alerta se te enciende con la señal de costumbre: palpitaciones. Dios mío cuídame, protégeme por todos los cielos, no quiero morir, perdona todos mis pecados, te prometo que… Este tipo es un bicho, para qué me confié, hubiese esperado un rato más otro taxi Dios mío… ¿Qué tengo en el bolso? Bueno, un cortaúñas con navaja podría salvarme la vida tal vez, pero y si está armado! Mejor me tiro del carro. Bueno chica ya deja la paranoia, no va a pasar nada, ya hubiese actuado si tuviera mala intención. Pero como que me mira más de la cuenta, está como inquieto… Abrió la guantera, hasta aquí llegué!!! Ah! es un CD, Santo Dios qué susto. Ay gracias Señor, ya llegué… No me vuelvo a montar en un taxi en mi vida!!
Típico no? Y sabemos que no es para menos.

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