Cali: Todo un pueblo que inspira, como dice la canción
Última noche en Cali, Colombia. Día nueve. Luego de conocer La Ermita y contagiarme del ambiente festivo que da la bienvenida a la famosa feria caleña, estoy contenta, el viaje ha valido la pena.
Son las 7:31 de la noche y la brisa fresca me acaricia como todos los días que estuve aquí. El taxista lleva una emisora con salsa, la música que hace de Cali su capital. Hoy la feria arrancaba con el "salsodromo", desde la 1:00 de la tarde, según leí en El País.
Las calles se plegaron de vendedores de sombreros, ruanas y demás productos típicos de Colombia a lo largo del camino por el que pasa el desfile con más de 10 escuelas de salsa. Lamenté no haber sido uno de esos 400 mil espectadores que de acuerdo al noticiero de una televisora regional asistieron a esta actividad de apertura.
Ya organicé las maletas para volver a Venezuela. Prácticamente fue un milagro empacar todo: ropa usada y limpia, además de los "recuerditos" y regalos recibidos por quienes nos acogieron en su tierra y en sus casas.
Me llevo también el afecto de las familias Lozada y Ocampo, y otras personas allegadas a ambas. Gente atenta, educada y muy cariñosa que realmente me hicieron sentir como en casa y a Jeremy igualmente con tantos mimos. Joan, por su parte, refrescó la memoria con algunas personas que hacía años no veía y conoció a otros parientes con quienes no había compartido antes.
La humildad y la diligencia del tío Freddy, las tías Emérita y Silvia, las primas Yamileth, Maricel, Enerieth y las lindas Carol y Mery siempre recordaré con agradecimiento. Así como las atenciones de Adalid, Maryory, Mercedes, Horacio con su invitación a comer deliciosas pizzas de pollo, tajadas y demás inusuales ingredientes; la tía Lety, Geraldine y "el flaco" Carlos junto a su familia. Guardaré cada instante en mis pensamientos con alegría y cierta nostalgia. La tía Emérita ha dicho que extrañará mucho a Jeremy, cabizbaja y con los ojos nublados. "Hacía tiempo no había un niño en la casa", dijo mientras observaba a Jeremy corretear por la sala esta última noche en San Luis.
La tía Silvia me dio temprano unos bolsitos tejidos por ella, la prima Geraldine vino a despedirse y me obsequió una linda pulsera también tejida por ella misma. Yamileth igualmente me dio un reloj sujetado por trenzas de su propia creación. Y en Noche Buena Ene nos obsequió estupendos regalos del Niño Dios a todos. A mí me regaló un hermoso cuadro de la Sagrada Familia, más acertado imposible.
De tal modo que me llevo muchos presentes pero sobre todo mucho afecto.
En cuanto a la ciudad quedé complacida. Calles aseadas, coloridas, el transporte organizado, juiciosos frente al volante, respetuosos de los semáforos (les llegan fotomultas a quienes se comen la luz), y el MIO es toda una aventura. Un medio de transporte que llegó a Cali para mejorar el traslado de sus habitantes, las unidades tienen aire acondicionado, asientos especiales para embarazadas, minusválidos y personas con niños en brazos. Las paradas son respetadas por todo conductor. Poseen 23 puestos y capacidad para llevar sólo 57 personas de pie. Y lo de "aventura" en realidad lo digo porque la vez que tomamos estos buses con las primas Yamileth y Maricel nos divertimos un montón escogiendo puestos y conversando mientras llegábamos a Chipichape, el centro comercial más famoso de la ciudad.
Sin dudas, la visita más significativa del viaje la hicimos al cementerio donde está sepultado el señor Manuel, mi suegro. El Camposanto Metropolitano de Cali a pesar de ser público se encuentra en muy buenas condiciones. Rezamos un Padrenuestro, Avemaría y otras plegarias. Jeremy besó la lápida del abuelo. Joan permaneció por varios minutos en cuclillas frente a la tumba. Sonia y mi suegra se permitieron algunas lágrimas. Era la visita obligada, pero no por "cumplir" sino por "reencontrarse" de algún modo con ese padre y esposo amado, que dijo adiós hace ya más de 10 años y que no deja de estar presente ni un solo día en anécdotas cotidianas.
La Hacienda El Paraíso, ubicada en el Valle del Cauca, hogar del escritor colombiano Jorge Isaac y convertida en museo desde los años 50 fue el destino para mí más inolvidable, un sueño hecho realidad estar allí; así como la visita al Señor de los Milagros, en Buga. Luego en Panaca, en el departamento de Armenia, a tres horas de Cali, Jeremy alimentó cerditos, corrió tras ellos en un concurso y montó un pony sin miedo alguno, en un carrusel de verdad.
También fuimos a un centro comercial llamado La 14, al parque La Caña, conocimos la plaza del Gato del Río, subimos al Cristo Rey y también estuvimos en el centro comercial Unicentro.
La Navidad se respira en toda Cali, los barrios brillan con luces de todos los colores y hasta el más humilde decora su vivienda con guirnaldas, flores y demás objetos navideños, entre los que no puede faltar el pesebre. El ambiente es festivo y la devoción con la que rezan las novenas al Niño Dios es admirable. Los niños son los protagonistas. Cantan al son de las maracas moldeadas con la figura de San Nicolás: “Dulce Jesús mío, mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto!”
La comida es muy rica. Los fríjoles, las “fritangas” (buñuelos, pandebonos,), la arepitas de maíz, y saborear el famoso café Juan Valdéz sencillamente no tiene precio. Ni hablar del jugo de caña, la caña de azúcar es uno de los más importantes cultivos del Valle del Cauca.
Y sin duda cada vez que escuche “Volví a nacer” de Carlos Vives obligatoriamente me transportaré a los locales de comidas adyacentes al Puente Ortiz, desde donde se aprecia el Río Cali y donde el sabor de ricos platos internacionales se complementaba perfectamente con el ambiente musical de la zona, justo un día antes de iniciar las ferias.
En fin, comprobé el eslogan de un comercial de promoción turística de Colombia: “Colombia, el único riesgo es que te quieras quedar”.
(Perdón si se me escapa algo o alguien, lo más seguro!)
Diciembre de 2012.

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