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martes, 19 de agosto de 2014

Hablando como los locos: Las tertulias femeninas


                                             


Nayarit Frontado López.- 

Es realmente increíble la capacidad de nosotras las mujeres de abordar infinidad de temas de conversación entre amigas. Hace unos días compartía con un grupo más o menos numeroso de mujeres e iniciamos nuestra tertulia “casualmente” hablando de nuestros esposos y terminamos tres horas después platicando sobre el peligro que representa no vigilar a los niños mientras se bañan en una piscina. Previamente habíamos compartido opiniones sobre la maternidad, nuestra adolescencia y de vez en cuando volvían a aparecer nuestros maridos en la palestra, de quienes también hablábamos positivamente, ojo. 

Ese día, por cierto, corroboramos esas cosas en común que tienen los hombres (y ellos a su vez –reunidos aparte jugando dominó- también comprobaron sus teorías sobre nuestras charlas). Para los caballeros siempre será más fácil alistarse para salir: un pantalón, una camisa, los zapatos, gelatina y si acaso perfumito (el antitranspirante tiene suficiente olor); en cambio nosotras después de haberle elegido la ropa, vestido al o los niños (en ocasiones varias veces en menos de diez minutos ya que fácilmente se ensucian), arreglado el bolso con teteros, pañales, muda de ropa, etc. es cuando nos toca el turno de prepararnos y como comprenderán ya para ese entonces el tiempo es una estrella fugaz.     

En ese justo momento a ellos les parece que ya va haciéndose tarde, por lo que lo más conveniente es que nos apuremos. En conclusión somos nosotras las que probablemente tengamos que maquillarnos o abrocharnos las sandalias en el carro. Otro caso típico sucede cuando ya están fuera de casa y nos tienen que pasar buscando, ellos no se bajan, llaman “salgan, ya estoy afuera” y una sale con un muchacho encaramado de un lado, el otro en la otra mano, en un hombro el bolso nuestro, en el otro la pañalera, intentamos que el más grandecito agarre su lonchera pero se niega… ¿las llaves de la casa? Ah sí, en el bolso que está del lado donde tengo al bebé pero no puedo soltarle la mano al otro…. En fin! Cuando por fin abordamos el carro (con cara de pocos amigos) surge la famosa (y estresante) pregunta ¿qué pasó, estás estresada?

Ni se diga cuando una piensa en aligerarles un poco las cargas, liberarlos de algunos compromisos, permitirles descansar alguito más y le hacemos una inofensiva propuesta: mi amor dame el carro, yo hago la diligencia. Lo que ellos inmediatamente traducen como “caeré en huecos, rayaré el carro, te dejaré siempre el tanque vacío y además derramaré comida en los asientos”. Es menos traumático para ellos que nos adueñemos del control de la tv en casa.

Y así tranquilamente se nos va un buen rato de desahogo y consuelo, de apoyarnos mutuamente y no sentirnos solas en ese mundo básico de los hombres, sin quienes luego admitimos no podríamos lograr tantas otras cosas buenas gracias a su amor, comprensión y respaldo. No todo es malo señores, claro que no, a Dios gracias!

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