“Tenemos que considerar la
mala conducta como un error natural del niño en su proceso de aprendizaje”
Nayarit Frontado López.-
Violeta Alcocer es una destacada
psicóloga egresada de la Universidad Complutense de Madrid, Master en
psicoterapia psicoanalítica, dinámica familiar y de grupo y psicodiagnóstico
infantil. Es colaboradora de conocidas revistas de crianza como Ser Padres,
además de ser autora del cuaderno de textos online Atraviesa el Espejo y fundadora
de Aula de Familia.
En esta oportunidad la
contactamos para conocer sobre los efectos de los premios y castigos en la
educación y disciplina de los niños. Respeto a lo cual resaltó que
principalmente debemos considerar la mala conducta de los niños como un error
natural en su proceso de aprendizaje: “No vamos a castigar el error, sino que
nos vamos a centrar en enseñarle a hacer lo correcto o a reparar lo que hizo
mal. Desde este punto de vista, el niño no tiene por qué sentirse
necesariamente mal para aprender a hacer las cosas bien”, explicó.
Asimismo, la especialista aseguró
que ningún niño quiere ser castigado o hacer las cosas mal, todos los niños
quieren aprender a hacer las cosas bien y a complacer a las personas que más
les importan.
“Creo que (el premio y el
castigo) se utilizan por ignorancia y porque ante la falta de recursos
educativos, son métodos relativamente sencillos de aplicar y con aparentes
buenos resultados sobre la conducta. Lo que muchos padres y educadores no
entienden es que los premios y castigos son eficaces para las conductas, pero
negativos para las personas”, indicó.
Conceptos y efectos
Según Alcocer, premio y castigo
son dos formas distintas de intentar modificar la conducta de los niños: El premio,
otorgado después de la conducta deseada, incrementa la probabilidad de que esa
conducta se vuelva a producir, por lo que el principal peligro que entraña
tiene que ver con el hecho de que no enseña al niño nada sobre el valor
intrínseco de sus conductas; tan solo le enseña a obedecer, pero a cambio de
una recompensa, no por una interiorización de valores o normas.
Por otro lado, el castigo
consiste en la aplicación de un estímulo aversivo (algo que desagrada al niño)
o la retirada de un privilegio o algo que al niño le hacía sentir bien. En este
caso, la probabilidad de ocurrencia de la conducta castigada disminuye porque
el niño aprende a temer el castigo. Al igual que sucede con el premio, el
principal fallo de este método es que no enseña al niño nada sobre su conducta,
salvo que no debe repetirla.
Igualmente se refirió al
beneficio de un estilo de crianza democrático: “Por mi experiencia clínica con
familias y también mi experiencia como madre de dos niñas de 9 y 11 años, puedo
asegurar que en todos los casos en los que el estilo parental ha sido
democrático y positivo, la convivencia ha sido más fácil, los niños más felices
y, por tanto, mejores sus conductas”, afirmó.
En cuanto al binomio
familia-escuela admitió que es muy difícil extrapolar la forma de educar en
casa a la forma de educar en la escuela. En primer lugar porque se trata de
agentes de socialización diferentes y que cumplen funciones distintas en la
vida de los niños. No se puede comparar el manejo de una situación convivencial
en el núcleo familiar (aunque haya varios hermanos) con la convivencia de
veinte o más niños en el aula y cientos en el colegio.
Lo que sí es deseable –aclaró la
psicóloga- es que en ambos contextos predomine un ambiente de escucha y
orientado a enseñar a los niños a crecer en valores y a convivir en paz por la
interiorización de las normas, no por obediencia ciega.
Alternativas respetuosas
“En realidad, no todas las
situaciones que queremos cambiar son susceptibles de hacerlo mediante el
castigo o su alternativa. De hecho, la mayoría de las situaciones se deben
trabajar de forma preventiva: negociando, con atención selectiva, atención
positiva, escucha activa, permitiendo al niño tomar decisiones y fomentar su
autonomía, etc.. Cuanto más felices y valorados se sienten los niños, mejor se
portan y, por tanto, menos situaciones susceptibles de castigo nos vamos a
encontrar”, advirtió Alcocer.
En cuanto a alentar a los niños
sin recurrir a premios que rebajen la calidad moral de los actos dijo que “hay que
felicitarles cuando hacen las cosas bien espontáneamente, no porque nosotros
hayamos prometido un premio por ello”.
La experta también añadió que los sellitos con caritas, las etiquetas de
buen comportamiento utilizados en muchos centros educativos aumentan la
probabilidad de buena conducta, pero no enseñan al niño nada más: “Desde mi
punto de vista, tienen un muy pobre valor pedagógico”, resaltó.
Otro aspecto importante es aquel
que tiene que ver con las etiquetas que usualmente se le ponen a los niños (es
muy “tremendo”, es muy “inquieto”, es muy “penoso”, etc.). Sobre este
particular expresó que “cuando le decimos a un niño lo que es, el niño
incorpora esas palabras como parte de su autoconcepto y crece creyendo que eso
es lo que se espera de él. Muchos niños traviesos son, al mismo tiempo,
generosos, inteligentes, simpáticos…y también tienen sus momentos tranquilos.
Si a un niño sólo le miramos en un aspecto (por ejemplo, travieso) pero
obviamos todos los demás o no le señalamos que también es de esas otras
maneras, estas irán perdiendo fuerza y, con el tiempo, el niño terminará
actuando siempre de acuerdo a su etiqueta. No debemos olvidar que los niños
crecen en aquellos aspectos en los que son mirados. Si no vemos ni señalamos lo
positivo… lo positivo desaparece”.
Y antes de actuar…
Finalmente, la psicóloga
recomendó aprender a observar nuestros estados internos antes de reaccionar,
además de cuidar nuestro sistema nervioso: “padres centrados, hijos centrados”,
sentenció.
“Además es muy importante darse
espacios de reflexión educativa: pensar qué objetivos tenemos, si son a corto,
medio o largo plazo, qué cosas son importantes y en qué vamos a ser flexibles y
qué estrategias vamos a utilizar en las situaciones más habituales. Si pensamos
de antemano cómo vamos a actuar, es más fácil no dejarnos llevar por los
impulsos”, concluyó Alcocer.

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