Mamá Nayarit
@GuiaCriaFeliz
Muchas madres, en su afán de
confirmar que sus niños son “normales”, viven haciendo constantes comparaciones
entre ellos y otros chicos de su edad. Cualquier oportunidad de relacionarse
con otras madres es aprovechada para interrogar sobre los hábitos de sus hijos,
habilidades, opiniones dadas por otros pediatras o especialistas, etc. o
simplemente observan la conducta de otros niños (que siempre parecerán más
obedientes que los suyos) y se escandalizan si hay diferencias marcadas
(incluso si notan que esta vez el suyo es el mejor portado).
En la mayoría de los casos esto
no ocurre con perversión, y hasta se puede decir que muchas veces es
inconsciente. Porque al fin y al cabo toda madre quiere que su hijo marche
“normal” según la etapa en la que se encuentre y sentimos una necesidad
espontánea de compararlo con otros niños. Que esta “necesidad” (o necedad) no
nos juegue una trampa! Nuestro hijo es único y eso hay que celebrarlo. Incluso
si hay alguna condición física, mental, etc. que lo distinga de otros niños. Es
único, celébralo! Atiende sus necesidades particulares, apóyalo, acompáñalo,
confía en él, ámalo de verdad, tal como es incluso si sabes que deben corregir
ciertas “cosas”.
Es un error constante demostrar
amor a nuestros hijos sólo cuando obedecen, cuando respetan, cuando hacen lo
que les pedimos. Una crianza respetuosa parte del amor incondicional: “Ámame
cuando menos lo merezca porque es cuando más lo necesito”. Hoy en día muchos padres
se preocupan si el primito o el vecinito aprende hablar o caminar antes que su
hijito, si come más, si se porta mejor, si hace las tareas sin reñir, etc. y
cada niño –aunque exista un patrón de comportamiento según cada etapa- es
único, es diferente, los mismos estudiosos de dichos patrones lo afirman.
Cada vez que converso con otras
mamás me entusiasma escuchar sus anécdotas y experiencias con respecto a sus
hijos, me entusiasma de verdad porque constato la genuinidad de las criaturas.
Alentémonos en la búsqueda de formas, estilos, acciones, gestos y palabras que
influyan con mejores resultados en nuestros hijos. No hay recetas para ser
padres y los niños tampoco vienen con manual de instrucción. Cada uno es único,
es diferente, todos lo son entre sí aunque tengan ciertas similitudes en muchas
otras cosas.
Por eso, es vez de compararlos, criticarlos
o cuestionarnos incluso entre padres/madres, mostremos siempre solidaridad y
apoyo, ofrezcamos palabras amables, que den paso a la tolerancia y al acercamiento
generoso. Recientemente, en el primer cumpleaños de mi hijo menor, una niña hizo
rabietas en dos ocasiones distintas por cosas en las que se le podía complacer
sin ningún problema, su madre se mostraba apenada, pero con total naturalidad y
gusto le ofrecí aquello que ella quería en ambos momentos. La complacencia no
es ninguna excentricidad, al contrario denota respeto por los deseos del niño
(y sus deseos son vitales aun cuando les cueste expresarlos con “educación” o
representen riesgos de algún tipo, en cuyos casos debemos actuar también con
empatía sabiendo orientarlos). Esa niña
notó que sus deseos eran validados y afortunadamente eran tan legítimos y
desprovistos de peligro que se les pudieron complacer. Por otro lado, no hay
nada más grande para una madre que ver a otras personas ser condescendientes y
cariñosas con sus hijos. ¿No es verdad? Con mi hijo mayor he vivido escenas
similares (y peores) repetidas veces. Y he aprendido, sí, “aprendido” a amarlo
también cuando está “de malas”, porque encima soy su principal referencia de
autocontrol, amabilidad y respeto, valores que –como toda madre- ansío pueda
aprender a practicar.

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