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martes, 5 de agosto de 2014

Te cuento: Había una vez un puerto...



Una ciudad, un nombre y diversas historias

Había una vez un puerto…

Nayarit Frontado López.-

            Como un “Puerto azul de leyendas” describió la ciudad a mitad de los 60ꞌ el gran Ítalo Pizzolante, hijo amado de esta tierra, al escribir el tema que en 1998 se convierte en himno de Puerto Cabello. No en vano se refirió de esta manera a la ciudad. Las historias que se desprenden desde las primeras noticias de su población, el origen de su nombre, la lucha por su titularidad y los nuevos retos tras su obtención, así como los acontecimientos que dejaron huellas durante la guerra de independencia, son sólo una diminuta –aunque muy nutrida- fuente de leyendas, cuentos, tradiciones y memorias que enriquecen el pasado y el presente de este puerto.

            Evidentemente, en la historia de la ciudad aparecen episodios tanto desventurados como admirables demostraciones de civismo, justicia y emprendimiento que en determinadas épocas definieron el éxito de empresas, cuyos logros significaron notables alicientes para un colectivo pujante.              

            A propósito de surgir con el sigilo que requerían las acciones de contrabando que -como se ha argüido durante siglos- tenían lugar en la zona, probablemente Puerto Cabello creció sin actas ni ceremonias que den cuenta de un fundador o fecha concreta de fundación, a diferencia de otras ciudades que durante la Colonia fueron conquistadas en nombre del rey siguiendo un protocolo específico. Sin embargo, prevalecen antecedentes que sustentan la existencia de esta porción geográfica a mediados del siglo XVI. Al parecer el de más vieja data es de 1560 de un vecino de la Isla La Española de nombre Juan Ruiz de Ochoa, quien citaba que a pesar de ser éste un puerto poco poblado, con frecuencia llegaban navegantes de tierras extranjeras para realizar a sus navíos labores de carenaje.  

            Igualmente, otra importante referencia sobre la ciudad se halla en un informe y primer mapa del litoral central de Venezuela elaborados en 1578 por Juan de Pimentel cumpliendo órdenes del rey. Pero no es sino hasta 1720-1721 que será considerado un punto idóneo para el establecimiento de la Compañía de Caracas por recomendación de Pedro Olavarriaga, propuesta que se consolida una década más tarde. Así, tras la creación de la Compañía Guipuzcoana surge la necesidad de fortificar el puerto, para lo cual la ciudad ofrecía también los materiales que serían utilizados en esta tarea.

            Años después de su primera inspección, Olavarriaga asegura que “ningún puerto conviene más fortalecer que Puerto Cabello por razón de su situación, por la comunicación que tiene con muchos valles, por registrar casi todos los puertos de la costa, por la ventaja de su terreno, y en fin, por la facilidad de hallar todos los materiales necesarios a la construcción de una fortaleza”. De esta forma, hacia 1740 cobra estructura definitiva el Castillo San Felipe, y la localidad -estimada ya para el momento como el mejor puerto de la costa y tal vez de todas las indias- empezará a experimentar las primeras intervenciones de la ingeniería en el trazado de calles, la construcción de acueductos y otras iniciativas trascendentales para la incipiente ciudad.

            Sin embargo, aunque el establecimiento de la Compañía Guipuzcoana proporcionó grandes beneficios para el puerto, sus habitantes no los percibieron directamente y debieron sobrellevar durante muchísimo tiempo una serie de adversidades que continuaban haciendo difícil su estadía en estas tierras, partiendo por las condiciones de insalubridad que emanaban de sus manglares, pantanos y constantes crecidas e inundaciones de los ríos Goaigoaza y San Esteban.    
           
            Pero si bien es cierto que Puerto Cabello no posee una partida de nacimiento, esta situación no la hace desmerecedora de buen crédito, al contrario, una valiosa virtud será precisamente haber contado con una población unida y enfocada en el propósito de alcanzar el título de ciudad que tanto se anhelaba. En palabras de Ramón J. Velásquez “en el caso de Puerto Cabello sus comienzos son la mejor credencial, ya que se originó en la voluntad de un grupo humano que se decidió a cambiar de modo de vida”.  

            El investigador y autor de destacadas publicaciones sobre Puerto Cabello, José Alfredo Sabatino Pizzolante, opina que a falta de un acta formal de nacimiento, el reconocimiento como ciudad el 5 de agosto de 1811 debe ser una fecha de justa conmemoración por significar conjuntamente el nacimiento del gentilicio porteño. Además, sostiene que el origen como ciudad toma fuerza desde la creación de la Compañía Guipuzcoana.

            “Hasta el momento en que llegó la Compañía Guipuzcoana sólo existía un asentamiento humano no urbano. Ya para ese entonces existían los nombres Patanemo, Goaigoaza, Borburata, San Esteban lo que no había era una división territorial. La Guipuzcoana le da forma urbana a la ciudad, ya que en realidad era una gran inversión la que se necesitaba para su construcción como tal, no era tan sencillo”, agrega Sabatino.   

            En el libro de la Cámara de Comercio porteña, titulado “Puerto Cabello, voces para un bicentenario (1811-2011)”, en el que funge como compilador, Sabatino señala que transcurrido poco más de cinco décadas (1730- 1785) se había desarrollado una intensa actividad comercial en el puerto, consolidando así una vocación portuaria y actividades conexas y a su vez dándole a Puerto Cabello forma definitiva como núcleo urbano.

            En principio, Puerto Cabello formó parte de la Provincia de Caracas, con el carácter de Tenientazgo dependiente del ayuntamiento de Valencia, disponía entonces de un Teniente de Justicia Mayor, comandante militar que ejercía el poder y administración en primera instancia, con derecho de apelación ante la Real Audiencia. En 1787 fue elevada a la categoría de Diputación luego de iniciarse en 1783 las primeras gestiones que aspiraban su nombramiento como ciudad. Más tarde, al declararse la Independencia en 1810, retoman los habitantes de Puerto Cabello este ansiado propósito que 28 años atrás habían manifestado. El 2 de abril de 1811 se dirigen al Supremo Poder Ejecutivo solicitando un pronunciamiento.

            Es entonces cuando, verificada la fiel adhesión de la Diputación local a la lucha independentista, Baltasar Padrón; presidente de turno del Supremo Poder Ejecutivo de los Estados Unidos de Venezuela, concede el privilegio de la titularidad de ciudad el 5 de agosto de 1811, llamándole San Juan Bautista de Puerto de Cabello. De este modo, las autoridades locales dieron solemnemente a conocer la buena nueva el 12 de agosto, al leer un pliego cerrado y lacrado procedente del supremo gobierno y en cuyo interior quedaba inscrito el destino de esta región. No podemos menos que pensar en el gran gozo que generó entre los vecinos tamaña noticia.           

            Con este resultado, dos personajes quedan para la posteridad como factores principales del “nacimiento, crecimiento y vigencia” de Puerto Cabello, como escribe el recordado cronista porteño Miguel Elías Dao en su libro “Puerto Cabello, huellas de los primeros pasos”; al referirse a Pedro José de Olavarriaga y Juan Gañango Lascaris, este último ingeniero vinculado al desarrollo de la ciudad en la tercera década del siglo XVIII y por lo cual es considerado fundador edilicio.  


            Motivo de un nombre

            Como ya se ha mencionado, muchas son las historias que giran en torno al origen del nombre de la ciudad. No obstante, durante siglos han predominado dos versiones que bien pueden definirse como la poética y la convencional por así decirles sin restarle a ninguna ni una pizca de interés.

            Al respecto, se conoce que en la oportunidad de levantarse el plano de las costas de Caracas en 1578, encontraron a un aventurero que dijo llamarse Antonio Cabello, quien ofrecía sus servicios a los que arribaban a estas tierras para dotarse de provisiones o carenar sus flotas. De modo que esta es la versión que podría denominarse convencional, la cual además es defendida con mucho ahínco por el historiador y autor de numerosas publicaciones y artículos, Asdrúbal González, aunque éste asevera que el nombre de aquel servidor era Alonso y que se trató de un depositario de bienes de difuntos.

            González alega que existe un documento del año 1578 en el Archivo de Indias de Sevilla así como en los archivos de la Academia Nacional de la Historia en el que Juan de Pimentel, gobernador y capitán de la Provincia de Caracas y quien visitara la ciudad ese mismo año para la elaboración del previamente referido mapa del territorio bajo su mando, señala a Alonso Cabello cumpliendo funciones de depositario de bienes de difuntos en la región porteña.

            Más aún, el historiador afirma sobre este personaje que a saltos entre Borburata, Valencia, El Tocuyo y Barquisimeto, en agosto de 1570 aparece en una lista de personas que entregan a la Real Hacienda el oro sacado de las minas, para ser fundido y marcado con el sello real. Luego, siendo vecino de Valencia, en 1576 el sacerdote Vasco Fernández, del Nuevo Reino de Granada, lo nombró heredero de unas libranzas para ser distribuidas entre algunos parientes pobres; y en mayo de ese mismo año es nombrado por el gobernador Juan de Pimentel, como Juez de Residencia en la Valencia del Rey, responsabilidad que consistía en iniciar un procedimiento judicial para revisar la actuación de funcionarios públicos al término de su desempeño.

            Seguidamente, González añade que a partir del año 1555 funcionó una jurisdicción especial denominada Juzgado de Bienes de Difuntos creado por la Corona española, cuyo fin era administrar aquello dejado por expedicionarios fallecidos sin herederos formales. Correspondería al gobernador de la Provincia nombrar a este funcionario, quien debía poseer ciertas dignidades, estar moralmente solvente, y sobre todo gozar de bienes suficientes para responder por lo entregado en custodia.     

            Al parecer, la propiedad sobre una zona de tierras y manglares donde se asentaría el "mejor puerto de todas las indias" demostraba la capacidad económica de este personaje llamado Alonso Cabello, quien se desempeñó entonces como depositario de bienes de difuntos.

            “El antecesor de Alonso Cabello en el cargo, nombrado por el gobernador Diego de Mazariegos, fue Alonso Díaz Moreno, a quien se atribuye la fundación en el año 1555, de la Valencia del Rey. El nombramiento de Alonso Cabello correspondió al gobernador Juan de Pimentel”, precisa el historiador.

            De esta manera, ubica la actuación pública de Alonso Cabello entre los años 1576 y 1583, que es cuando permanece en la gobernación de la Provincia Juan de Pimentel.

            En cuanto a la teoría poética del nombre de este “pedacito de cielo”, el mismo autor apunta que curiosamente el primero en atribuirlo a la quietud del mar es el venezolano José Luis de Cisneros, quien en su libro sobre   “Descripción Exacta de la Provincia de Venezuela”, publicado en España en 1764, escribe lo siguiente: "Es tan hermoso este puerto que su denominación manifiesta su quietud, y por antonomasia se dice Puerto de Cabello, pues con un pelo se puede atar el más grande barco".

            Pese a ello, en el año 1793 el francés Anselme Michell de Gisors al pasar siete meses de exilio en estos lares habla en su libro “Puerto Cabello: América Austral” -que además González señala como el primer libro de Puerto Cabello redactado en su propio ámbito geográfico- sobre “…un español llamado Cabello, quien fue el primero en establecerse en esta plaza en la época de la conquista".

De tal forma que 19 años después de la versión de Cisneros se defiende nuevamente la teoría de la existencia de un personaje que apellidó a la ciudad. Así también en 1800 el alemán Alejandro Von Humboldt dejó constancia en su Libro de Viajes a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente la disputa entre estas dos teorías y su inclinación hacia una de ellas: “Discuten en Puerto Cabello si el nombre de este puerto se debe a la tranquilidad de sus aguas, o bien, como es más probable, si ese nombre se deriva de Antonio Cabello, uno de los pescadores con quienes los contrabandistas de Curazao habían ajustado íntimos compromisos en la época en que se iba formando el primer villorrio en aquella plaza medio desierta”.

            Sobre el apego de sucesivas generaciones a esta leyenda del nombre de la ciudad basada en la característica del mar, el historiador Asdrúbal González considera que “durante todo el siglo XIX se consolida la leyenda del nombre, y en el año 1881 la francesa Jenny de Tallenay, en su libro ꞌSouvenirs du Venezuelaꞌ, anotó lo que sería un convencimiento colectivo: El nombre de Puerto Cabello se resiente un poco de la exageración castellana. Le ha sido dado, según se dice, porque su puerto es tan tranquilo y seguro, que bastaría un cabello para amarrar un barco en cualquier estación; escribe Tallenay”.

            Mención aparte merece tener el hecho, también señalado por González, de que prácticamente en ningún documento sucesivo al de la titularidad figura el nombre completo concedido por el Ejecutivo: San Juan Bautista de Puerto de Cabello, e incluso el posesivo “de” igualmente se diluye con el tiempo y sólo hasta mediados del siglo XVIII se mantiene Puerto de Cabello.

            Pero retomando el génesis del nombre, seguramente habrá quienes con total naturalidad adopten ambas versiones como ciertas y absolutamente factibles. Lo que sí es un hecho sin discusión es que la apasionante historiografía porteña parece ser un mar de profundos tesoros a la espera siempre de osados y responsables exploradores, que como aquellos primeros vecinos, defiendan con valentía el gentilicio de este terruño, al mismo tiempo que rindan honores al slogan de “ciudad cordial” que se origina, por cierto, a finales de los años 60ꞌ muy probablemente –según coinciden varias fuentes- por el ingenio de Ítalo Pizzolante durante la promoción de las Ferias de Puerto Cabello. 

2 comentarios:

  1. Amiga gracias por compartir esta.historia con quienes desconocemos los orígenes de este.pedacito de cielo. Dios bendiga tus talentos.

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  2. Nayarit Frontado, Arthur Conan Doyle, Stephen King, Suzanne Collins, Pittacus Lore, Julio Verne. Justamente en ese orden quedan.

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