Una ciudad, un nombre y diversas historias
Había una vez un puerto…
Nayarit Frontado López.-
Como
un “Puerto azul de leyendas” describió la ciudad a mitad de los 60ꞌ el gran
Ítalo Pizzolante, hijo amado de esta tierra, al escribir el tema que en 1998 se
convierte en himno de Puerto Cabello. No en vano se refirió de esta manera a la
ciudad. Las historias que se desprenden desde las primeras noticias de su
población, el origen de su nombre, la lucha por su titularidad y los nuevos
retos tras su obtención, así como los acontecimientos que dejaron huellas
durante la guerra de independencia, son sólo una diminuta –aunque muy nutrida-
fuente de leyendas, cuentos, tradiciones y memorias que enriquecen el pasado y
el presente de este puerto.
Evidentemente,
en la historia de la ciudad aparecen episodios tanto desventurados como
admirables demostraciones de civismo, justicia y emprendimiento que en
determinadas épocas definieron el éxito de empresas, cuyos logros significaron
notables alicientes para un colectivo pujante.
A
propósito de surgir con el sigilo que requerían las acciones de contrabando que
-como se ha argüido durante siglos- tenían lugar en la zona, probablemente Puerto
Cabello creció sin actas ni ceremonias que den cuenta de un fundador o fecha
concreta de fundación, a diferencia de otras ciudades que durante la Colonia
fueron conquistadas en nombre del rey siguiendo un protocolo específico. Sin embargo,
prevalecen antecedentes que sustentan la existencia de esta porción geográfica
a mediados del siglo XVI. Al parecer el de más vieja data es de 1560 de un
vecino de la Isla La Española de nombre Juan Ruiz de Ochoa, quien citaba que a
pesar de ser éste un puerto poco poblado, con frecuencia llegaban navegantes de
tierras extranjeras para realizar a sus navíos labores de carenaje.
Igualmente,
otra importante referencia sobre la ciudad se halla en un informe y primer mapa
del litoral central de Venezuela elaborados en 1578 por Juan de Pimentel
cumpliendo órdenes del rey. Pero no es sino hasta 1720-1721 que será
considerado un punto idóneo para el establecimiento de la Compañía de Caracas
por recomendación de Pedro Olavarriaga, propuesta que se consolida una década
más tarde. Así, tras la creación de la Compañía Guipuzcoana surge la necesidad
de fortificar el puerto, para lo cual la ciudad ofrecía también los materiales
que serían utilizados en esta tarea.
Años
después de su primera inspección, Olavarriaga asegura que “ningún puerto
conviene más fortalecer que Puerto Cabello por razón de su situación, por la
comunicación que tiene con muchos valles, por registrar casi todos los puertos
de la costa, por la ventaja de su terreno, y en fin, por la facilidad de hallar
todos los materiales necesarios a la construcción de una fortaleza”. De esta
forma, hacia 1740 cobra estructura definitiva el Castillo San Felipe, y la
localidad -estimada ya para el momento como el mejor puerto de la costa y tal
vez de todas las indias- empezará a experimentar las primeras intervenciones de
la ingeniería en el trazado de calles, la construcción de acueductos y otras
iniciativas trascendentales para la incipiente ciudad.
Sin
embargo, aunque el establecimiento de la Compañía Guipuzcoana proporcionó
grandes beneficios para el puerto, sus habitantes no los percibieron
directamente y debieron sobrellevar durante muchísimo tiempo una serie de
adversidades que continuaban haciendo difícil su estadía en estas tierras,
partiendo por las condiciones de insalubridad que emanaban de sus manglares,
pantanos y constantes crecidas e inundaciones de los ríos Goaigoaza y San
Esteban.
Pero
si bien es cierto que Puerto Cabello no posee una partida de nacimiento, esta
situación no la hace desmerecedora de buen crédito, al contrario, una valiosa
virtud será precisamente haber contado con una población unida y enfocada en el
propósito de alcanzar el título de ciudad que tanto se anhelaba. En palabras de
Ramón J. Velásquez “en el caso de Puerto Cabello sus comienzos son la mejor
credencial, ya que se originó en la voluntad de un grupo humano que se decidió
a cambiar de modo de vida”.
El
investigador y autor de destacadas publicaciones sobre Puerto Cabello, José
Alfredo Sabatino Pizzolante, opina que a falta de un acta formal de nacimiento,
el reconocimiento como ciudad el 5 de agosto de 1811 debe ser una fecha de
justa conmemoración por significar conjuntamente el nacimiento del gentilicio
porteño. Además, sostiene que el origen como ciudad toma fuerza desde la
creación de la Compañía Guipuzcoana.
“Hasta
el momento en que llegó la Compañía Guipuzcoana sólo existía un asentamiento
humano no urbano. Ya para ese entonces existían los nombres Patanemo,
Goaigoaza, Borburata, San Esteban lo que no había era una división territorial.
La Guipuzcoana le da forma urbana a la ciudad, ya que en realidad era una gran
inversión la que se necesitaba para su construcción como tal, no era tan
sencillo”, agrega Sabatino.
En
el libro de la Cámara de Comercio porteña, titulado “Puerto Cabello, voces para
un bicentenario (1811-2011)”, en el que funge como compilador, Sabatino señala
que transcurrido poco más de cinco décadas (1730- 1785) se había desarrollado
una intensa actividad comercial en el puerto, consolidando así una vocación
portuaria y actividades conexas y a su vez dándole a Puerto Cabello forma
definitiva como núcleo urbano.
En
principio, Puerto Cabello formó parte de la Provincia de Caracas, con el
carácter de Tenientazgo dependiente del ayuntamiento de Valencia, disponía
entonces de un Teniente de Justicia Mayor, comandante militar que ejercía el
poder y administración en primera instancia, con derecho de apelación ante la
Real Audiencia. En 1787 fue elevada a la categoría de Diputación luego de
iniciarse en 1783 las primeras gestiones que aspiraban su nombramiento como
ciudad. Más tarde, al declararse la Independencia en 1810, retoman los
habitantes de Puerto Cabello este ansiado propósito que 28 años atrás habían
manifestado. El 2 de abril de 1811 se dirigen al Supremo Poder Ejecutivo
solicitando un pronunciamiento.
Es
entonces cuando, verificada la fiel adhesión de la Diputación local a la lucha
independentista, Baltasar Padrón; presidente de turno del Supremo Poder
Ejecutivo de los Estados Unidos de Venezuela, concede el privilegio de la
titularidad de ciudad el 5 de agosto de 1811, llamándole San Juan Bautista de
Puerto de Cabello. De este modo, las autoridades locales dieron solemnemente a
conocer la buena nueva el 12 de agosto, al leer un pliego cerrado y lacrado procedente
del supremo gobierno y en cuyo interior quedaba inscrito el destino de esta
región. No podemos menos que pensar en el gran gozo que generó entre los vecinos
tamaña noticia.
Con
este resultado, dos personajes quedan para la posteridad como factores
principales del “nacimiento, crecimiento y vigencia” de Puerto Cabello, como
escribe el recordado cronista porteño Miguel Elías Dao en su libro “Puerto
Cabello, huellas de los primeros pasos”; al referirse a Pedro José de
Olavarriaga y Juan Gañango Lascaris, este último ingeniero vinculado al
desarrollo de la ciudad en la tercera década del siglo XVIII y por lo cual es
considerado fundador edilicio.
Motivo de un nombre
Como
ya se ha mencionado, muchas son las historias que giran en torno al origen del
nombre de la ciudad. No obstante, durante siglos han predominado dos versiones
que bien pueden definirse como la poética
y la convencional por así decirles
sin restarle a ninguna ni una pizca de interés.
Al
respecto, se conoce que en la oportunidad de levantarse el plano de las costas
de Caracas en 1578, encontraron a un aventurero que dijo llamarse Antonio
Cabello, quien ofrecía sus servicios a los que arribaban a estas tierras para
dotarse de provisiones o carenar sus flotas. De modo que esta es la versión que
podría denominarse convencional, la
cual además es defendida con mucho ahínco por el historiador y autor de
numerosas publicaciones y artículos, Asdrúbal González, aunque éste asevera que
el nombre de aquel servidor era Alonso y que se trató de un depositario de
bienes de difuntos.
González
alega que existe un documento del año 1578 en el Archivo de Indias de Sevilla
así como en los archivos de la Academia Nacional de la Historia en el que Juan
de Pimentel, gobernador y capitán de la Provincia de Caracas y quien visitara
la ciudad ese mismo año para la elaboración del previamente referido mapa del
territorio bajo su mando, señala a Alonso Cabello cumpliendo funciones de
depositario de bienes de difuntos en la región porteña.
Más
aún, el historiador afirma sobre este personaje que a saltos entre Borburata,
Valencia, El Tocuyo y Barquisimeto, en agosto de 1570 aparece en una lista de
personas que entregan a la Real Hacienda el oro sacado de las minas, para ser
fundido y marcado con el sello real. Luego, siendo vecino de Valencia, en 1576
el sacerdote Vasco Fernández, del Nuevo Reino de Granada, lo nombró heredero de
unas libranzas para ser distribuidas entre algunos parientes pobres; y en mayo
de ese mismo año es nombrado por el gobernador Juan de Pimentel, como Juez de
Residencia en la Valencia del Rey, responsabilidad que consistía en iniciar un
procedimiento judicial para revisar la actuación de funcionarios públicos al
término de su desempeño.
Seguidamente,
González añade que a partir del año 1555 funcionó una jurisdicción especial
denominada Juzgado de Bienes de Difuntos creado por la Corona española, cuyo
fin era administrar aquello dejado por expedicionarios fallecidos sin herederos
formales. Correspondería al gobernador de la Provincia nombrar a este funcionario,
quien debía poseer ciertas dignidades, estar moralmente solvente, y sobre todo
gozar de bienes suficientes para responder por lo entregado en custodia.
Al
parecer, la propiedad sobre una zona de tierras y manglares donde se asentaría
el "mejor puerto de todas las indias" demostraba la capacidad
económica de este personaje llamado Alonso Cabello, quien se desempeñó entonces
como depositario de bienes de difuntos.
“El
antecesor de Alonso Cabello en el cargo, nombrado por el gobernador Diego de
Mazariegos, fue Alonso Díaz Moreno, a quien se atribuye la fundación en el año
1555, de la Valencia del Rey. El nombramiento de Alonso Cabello correspondió al
gobernador Juan de Pimentel”, precisa el historiador.
De
esta manera, ubica la actuación pública de Alonso Cabello entre los años 1576 y
1583, que es cuando permanece en la gobernación de la Provincia Juan de
Pimentel.
En
cuanto a la teoría poética del nombre
de este “pedacito de cielo”, el mismo autor apunta que curiosamente el primero
en atribuirlo a la quietud del mar es el venezolano José Luis de Cisneros,
quien en su libro sobre “Descripción
Exacta de la Provincia de Venezuela”, publicado en España en 1764, escribe lo
siguiente: "Es tan hermoso este puerto que su denominación manifiesta su
quietud, y por antonomasia se dice Puerto de Cabello, pues con un pelo se puede
atar el más grande barco".
Pese
a ello, en el año 1793 el francés Anselme Michell de Gisors al pasar siete meses
de exilio en estos lares habla en su libro “Puerto Cabello: América Austral” -que
además González señala como el primer libro de Puerto Cabello redactado en su
propio ámbito geográfico- sobre “…un español llamado Cabello, quien fue el
primero en establecerse en esta plaza en la época de la conquista".
De tal forma
que 19 años después de la versión de Cisneros se defiende nuevamente la teoría
de la existencia de un personaje que apellidó a la ciudad. Así también en 1800
el alemán Alejandro Von Humboldt dejó constancia en su Libro de Viajes a las
Regiones Equinocciales del Nuevo Continente la disputa entre estas dos teorías
y su inclinación hacia una de ellas: “Discuten en Puerto Cabello si el nombre
de este puerto se debe a la tranquilidad de sus aguas, o bien, como es más
probable, si ese nombre se deriva de Antonio Cabello, uno de los pescadores con
quienes los contrabandistas de Curazao habían ajustado íntimos compromisos en
la época en que se iba formando el primer villorrio en aquella plaza medio desierta”.
Sobre
el apego de sucesivas generaciones a esta leyenda del nombre de la ciudad
basada en la característica del mar, el historiador Asdrúbal González considera
que “durante todo el siglo XIX se consolida la leyenda del nombre, y en el año
1881 la francesa Jenny de Tallenay, en su libro ꞌSouvenirs du Venezuelaꞌ, anotó
lo que sería un convencimiento colectivo: El nombre de Puerto Cabello se
resiente un poco de la exageración castellana. Le ha sido dado, según se dice,
porque su puerto es tan tranquilo y seguro, que bastaría un cabello para
amarrar un barco en cualquier estación; escribe Tallenay”.
Mención
aparte merece tener el hecho, también señalado por González, de que
prácticamente en ningún documento sucesivo al de la titularidad figura el
nombre completo concedido por el Ejecutivo: San Juan Bautista de Puerto de
Cabello, e incluso el posesivo “de” igualmente se diluye con el tiempo y sólo
hasta mediados del siglo XVIII se mantiene Puerto de Cabello.
Amiga gracias por compartir esta.historia con quienes desconocemos los orígenes de este.pedacito de cielo. Dios bendiga tus talentos.
ResponderEliminarNayarit Frontado, Arthur Conan Doyle, Stephen King, Suzanne Collins, Pittacus Lore, Julio Verne. Justamente en ese orden quedan.
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