Nayarit Frontado López.-
Los hijos son una de las más grandes bendiciones de la vida. Cuando te conviertes en padre o madre empiezas a confirmar esa frase que seguramente sin hijo te sonaba a cliché pero ahora que lo tienes tu visión del mundo es casi completamente diferente. Es sin duda un giro tan satisfactorio como abrumador... E inicialmente te encuentras tratando de sobrevivir en esa etapa de "adaptación" por la que debemos pasar durante la paternidad/maternidad incluso más de una vez.
En mi experiencia personal he podido observar con mucho interés cómo esa etapa de "reajuste" se ha dado en nuestra familia. Aun cuando siempre he dicho que mis hijos mayores han aceptado con mucho afecto a sus hermanitos no he querido hacer pensar con ello que la llegado del nuevo miembro a casa no les haya producido en algún grado cambios de humor e incluso afecciones de salud durante la adaptación de rutinas, costumbres, etc. a la que todos hemos debido "someternos".
Como toda etapa, sin embargo, se trata de algo circunstancial pero obviamente si no somos conscientes de la importancia de procurar que el proceso sea lo menos traumático posible (especialmente para los niños) corremos el peligro de que queden heridas en el tiempo... Puede que por las muchas ocupaciones que tenemos durante esos primeros días no nos tomemos un tiempo para ver más allá de la alegría genuina que puede manifestar un niño con la llegada de su hermano, pero ellos (al igual que mamá y papá) también podrían estar experimentando miedos, angustias, pesares... y aunque algunos los exteriorizan constantemente o expresan un rechazo abierto hacia el bebé; otros demuestran menos o más sutilmente este tipo de conductas y sentimientos. Por eso debemos estar siempre atentos para corregirlos desde la empatía y el respeto.
Cuando nació mi segundo hijo, el mayor ya había cumplido los tres años y desde hacía algún tiempo iba al jardín de infancia. Durante el embarazo le hablamos mucho sobre el bebé y compartimos con él muchos aspectos del proceso antes del alumbramiento, un ejemplo de ello fueron las veces que lo llevamos a mis citas de control para mostrarle cómo estaba su hermanito dentro de la panza de mamá. Pendientes de hacerlo sentir lo más incluido posible, iniciamos una bonita tradición: el nuevo bebé llega con un regalo para su(s) hermano(s). No obstante, al cabo de un par de semanas del nacimiento, y aun cuando tenía la atención de abuelos y tías que nos ayudaban a mi esposo y a mí, mi niño grande enfermó y su apetito -que nunca ha sido voraz- decayó bastante. Recuerdo que mi mamá siempre me repetía "el chiquito te necesita pero el grande mucho más porque tiene más consciencia de lo que pasa a su alrededor". Pronto mi esposo y yo hicimos los ajustes necesarios y pudimos lograr un proceso de adaptación bien aceptable para todos.
Con el tercer hijo la cosa ha sido un poco más ruda, no lo puedo negar. Cuando supe que esperaba un nuevo bebé, mi hijo menor tenía un año y cuatro meses, y una mamá a tiempo completo disponible exclusivamente para él, lo cual varios meses después tuvo que cambiar por completo: Con un embarazo de 27 semanas y una panza grandota, sola durante casi todo el día con él en la etapa más enérgica de la infancia, me vi en la necesidad de tocar la puerta de un maternal. Hoy afortunadamente puedo decir que a pesar de todo, y gracias a lo que he aprendido en este corto pero nutrido recorrido como madre pro crianza respetuosa, procuré y logré que esa primera experiencia de adaptación de mi pequeño fuera lo menos traumática posible... Lo acompañé durante dos semanas al maternal para ayudarle a familiarizarse con ese nuevo ambiente contando con mi presencia, su principal figura de apego y confianza. Hoy se va feliz y contento con papá y su hermano mayor camino a la escuelita.
Pero el cuento no termina ahí... Hace dos meses nació nuestro tercer retoño, faltando un mes y dos días para el cumpleaños número dos de quien se estrenaría esta vez como hermanito mayor. Su reacción fue de desconcierto al presentarle a esa personita tan chiquita entre mis brazos, aun cuando vivía acariciando y besando la panza de mamá, repitiendo la palabra "bebé", él no sabía realmente qué significa eso... y así fue cómo nos lo dejó saber, con cierto rechazo hacia su nuevo hermano! Sin embargo, pronto fue comprendiendo todo entre nuestras explicaciones y los gestos de cariño que mostrábamos hacia el bebé y también hacia él mismo. Ahora a cada rato quiere besarlo y cargarlo... Pero más allá de eso, debo decir, ha manifestado otras conductas que nos han alertado y hecho actuar proporcionándole la seguridad emocional que trata de pedir.
Por ejemplo, ha estado un poco más renuente que de costumbre, trata de llamar mi atención cuando estoy con el bebé, se muestra más rústico o agresivo y la primera semana de clases luego de las vacaciones decembrinas prácticamente mordió todos los días a algún compañero. Aunado a ello, se pelea mucho más con el hermano mayor, y naturalmente mi hijo mayor también ha estado más "reactivo" que de costumbre. Por eso digo que ha sido más rudo, lo ha sido indudablemente. He tenido que echar mano de una especie de mantra "es temporal, es temporal, ya pasará"; sacar la "ñapa" o reserva de paciencia que pude haber almacenado en algún momento, y por supuesto, decirles y demostrarles todas las veces posibles que mamá tiene tres príncipes (y un rey!!!) a quienes ama con toda el alma y que nunca nada cambiará ese amor.
Por eso los invito a todos a ponerse en los zapaticos de esos niños que estén viviendo esta etapa junto al resto de la familia, pues es muy importante que sepamos hacerlos sentir comprendidos y amados, de modo que no vean como una amenaza la llegada de un nuevo miembro al team. ¡Y que la paciencia los acompañe! jeje
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